Hoy sonó el despertador a las 6:30 como todas las
mañanas. Desayuné, me di una ducha, me maquillé, elegí rápido la ropa. A las
7:30 estaba lista para salir, como siempre. Diez cuadras hasta la parada del
colectivo, el involuntario ejercicio cotidiano, mientras revisaba mentalmente
si estaba todo en orden. Dinero, la “Sube”, los libros… Parecía estar todo bien
aunque no podía evitar la sensación de que algo me olvidaba. La misma sensación
de siempre que nunca era cierta, pero se repetía una y otra vez.
No creo que nadie pudiera encontrar el lado
positivo a un viaje de una hora y media en colectivo, pero si algo bueno tenía,
además de permitirme una pequeña siesta de quince minutos, era que podía
entregarme a pensar con libertad. Mis pensamientos favoritos giraban
alrededor de qué haría si de pronto tuviera mucho dinero. Qué cosas compraría y
en qué orden. ¿Repartiría plata entre mi familia y cómo? ¿Una casa o un dúplex?
¿A qué lugares viajaríamos?
De repente mi mente cambia. El colectivo
repentinamente está lleno. Hoy tengo un día duro. Varias materias pesadas, juntarme
con las chicas para un trabajo práctico y a la vuelta dos horas de inglés en el
instituto de la otra cuadra.
Pueden pasar cosas malas durante un día. Se me
ocurren muchas, pero, sin embargo, me cuesta identificar las cosas buenas que
podrían pasar. ¡Uy! Tengo que tocar el timbre o me paso. Pido perdón a un par
de personas que atropello en el camino hacia la salida y logro bajar.
Anochece, mi día termina, estoy llegando a casa.
Ahora me doy cuenta qué era lo bueno que me podía pasar. Que no pase nada. Que
fuera un día como cualquier otro.
Escritora: Marina Racciatti
Correctora: Oriana Oliva
1 comentarios:
Buena la reflexión, a veces lo bueno es que sea un día común y corriente
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